Tales

.LAS CHICAS MUERTAS SÓLO QUIEREN DIVERTIRSE.

James Zeta 2005

(Fragmento I)

Irene, al fin, despertó.
Por completo sombrío y nebuloso.
Todo es indefinible cuando aún intenta abrir los ojos.
No encuentra sentido a nada cuanto le rodea, ni siquiera, a sí misma.
Intenta alzar las manos y  frotarse la cara, pero el frustrante agotamiento se lo impide.
Apenas si puede hacer uso del resto de músculos que componen su cuerpo.
El dolor de cabeza es tan insoportable que prefiere volver a cerrar los párpados.
La poca luz que engulle a la habitación es tenue y rojiza por la nocturnidad, pero aun así se vuelve insoportable para ella.
Hasta que, algo la hace recobrar el sentido. Tan sólo un tercio de sus ojos están abiertos de nuevo, pero no ha sido algo que ha visto lo que la ha despejado por un momento, si no, una voz.
– Cariño, cre… –
La voz de su hermana, Laura, que le habla sin ser consciente aún de que está a punto de despertar
Irene oye algo después de ese “cariño” pero las palabras se entremezclan y no termina de comprender el resto de la frase.
Su hermana mayor, por cuatro años, charla ahora con alguien. Ella ha estado cuidando hasta el más mínimo detalle para que ésta noche pudiera tener cabida entre tanto caos, turbiedad y crudeza.
Hacía demasiado que esperaba poder soltar el aire negro de sus pulmones que tanto tiempo llevaba velando.
Y ahora, una vez calmada
–  No sabía qué pensar de todo esto. Admito que al principio me ilusioné. Fue como un sueño estúpido del que no sabía con certeza si quería despertar.
Y desde luego soy la menos indicaba para tener alguna duda pero…-
 – ¿Laura?-
Irene reconoce a su hermana al momento.
Laura se la queda mirando unos instantes sin decir nada y haciendo aparecer esa media sonrisa que tanto tiempo llevaba ocultando.
Suspira
 – No sabes cómo me alegro de volver a oírte –
Ayuda a su hermana pequeña, agarrándola por los hombros,
a incorporarse en ese sofá de cuero roído y desgastado.
Irene ya puede al menos mover los brazos y la cabeza con un poco de libertad.
– Sé que acabas de despertarte y estas muy cansada, muy débil.
Y por eso precisamente no vamos a agobiarte por nada en absoluto-
Irene contempla el resto de la habitación y entrevé a unas cuantas personas más.
Las siluetas pronto empiezan a tener una forma más definida.
Dos chicos y una chica aparentemente igual de jóvenes que su hermana mayor.
Uno enciende un cigarrillo mientras sus dedos juguetean con una cerilla. Otro la mira sonriente mientras escucha música con su reproductor por un sólo auricular.
La chica restante, con una cresta muy característica en la cabeza, se dedica  a observar la situación mientras está sentada en el suelo con las piernas cruzadas, expectante, a ver qué sucede.
– Ésta noche, ni pesares, ni recuerdos, ni remordimientos venideros.
Te prometo que más tarde te explicaré por qué llevas ese vestido tan ridículo y todo serán respuestas e historias inexplicables que contarte.
Pero ésta noche, sólo podrás hacer una sola cosa. Una sola que equivale a satisfacer cualquier deseo que pase por tu cabeza.
Esta noche haremos, sencillamente, lo que te apetezca. –
– ¿Lo que sea?-
– Lo que sea que quieras –
Están expectantes y pendientes a ver qué dice la joven.
– …Necesito una hamburguesa
Todos sueltan una leve carcajada a ritmos distintos.
Incluso el chico del cigarro, que esboza algo parecido a una sonrisa.
Se oye de fondo a una de las chicas del grupo  “Mao”
Mmm, genial, me muero de hambre
 
Empiezan a ponerse en marcha mientras las dos hermanas continúan sentadas.
Irene desenfoca el rostro de su hermana, vuelca la cabeza hacia la derecha y posa la mirada en unos ropajes que hay colgados al fondo de la habitación.
Es lo primero que ve a lo lejos, recuperando algo de nitidez.
Laura se percata y gira la cabeza para ver qué mira.
Qué has visto
 Irene se levanta de aquel sofá con andares de trapo y se desliza hasta el perchero de pared que sostiene aquella ropa.
Son, disfraces o quizá pijamas viejos. Trozos de tela que sobraron de alguna parte en algún momento concreto y que alguien utilizó para crear prendas con forma de animal.
Distingue una especie de poncho, hecho con pelaje semejante al de un lobo, de un tono gris, casi blanquecino roto, que recubre todo el traje.
Acerca su rostro a él y aún se puede percibir el olor a lluvia del que esta impregnado.
Seguramente porque alguien le dio uso hace no demasiado tiempo.
Pero desprende calidez, está algo sucio, y la capucha se corona con unos cuernos de tela grises y puntiagudos.
Irene mira a su hermana y se pronuncia
 
Ésta noche, seremos monstruos

 

 

. Fin fragmento I .

 

 

 

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