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. ICHOR .

James Z / Junio 09

 

 

-Si aún crees en Dios, solo necesitas un espejo-

 

 

Una pierna enfundada en una bota de cuero con puntas metálicas abre la puerta de madera de una tremenda patada, haciendo saltar astillas y polvo.

A lo lejos, en mitad del enorme y formidable salón de elevadas columnas con grabados esculpidos, artesonado alto de madera tostada, con tan sólo la luz y el fulgor que desprende el fuego de la chimenea, se percibe la figura desnuda, de

 

 

 

Héctor.

 

 

 

Reposa, con los brazos hacia fuera, en una gran bañera de mármol blanco posicionada en mitad de la habitación, a rebosar hasta el borde de un singular líquido negro, cuyo color y textura penetran hasta la partícula más ínfima de su cuerpo.

En el grandioso salón ya no resuena uno de sus discos favoritos,  porque la aguja ha llegado al centro.

Héctor, tan sólo, se regocija.

Ocho hombres uniformados y ataviados con todo tipo de armas y protección se adentran en la morada para encontrar aquello que han venido a buscar.

 

-Lo único que puedo contarte llegados a éste punto, es que he hecho lo que he hecho

porque…creí que podía conseguir, lo inalcanzable.

He conseguido, respirar con total plenitud.

Hasta ahora podía sentir cómo moría con cada suspiro.

Lo notaba en las yemas de los dedos.

Día tras día reparaba en una toxina que me infectaba el cerebro, como un parásito.

Un veneno, que se apoderaba de mis pensamientos y movía los hilos a voluntad.

Y entonces ocurrió. Supe, lo que debía hacer.

No existe una sola persona que no predique el querer cumplir, al menos, una gran ilusión, un hito a lo largo de su triste y penosa vida.

Pero la mayoría acaban por ver esos momentos pasar ante su rostro, llevándose una parte de sí con ellos.

Quizá unos pocos saboreen algo parecido al triunfo, pero el resto se engaña creyendo haberlo encontrado. Y la propia mentira les acaba absorbiendo.

Yo nunca, quise pertenecer a  ellos, a “los olvidados” y tracé un camino, un objetivo.

Quería crear, la pieza perfecta.

Una criatura dotada de vida, que respirase, que hiciese vibrar cada vestigio de las entrañas de todo aquel que fuese capaz de sentirla.

Quería sentarme en la misma mesa que Johann Smitz, Beethoven, Haydn, Mozart, Wagner, Dragonetti.

Estar al lado de aquellos que me dieron la vida, para que vean cómo su hijo ha sido capaz de mantener siempre los pies a un metro por encima del suelo.

Estar, a hombros de gigantes.

Y eso es lo que he conseguido, ésta noche. –

 

Los hombres debidamente uniformados corretean por los pasillos.

 

El teatro rebosa nerviosismo y dicha por parte de los asistentes, quienes han acudido de forma masiva para poder contemplar la culminación del joven compositor.

Esperan sin duda ser partícipes, en cierto modo, de la mejor noche de sus vidas.

 

 

.Fin fragmento I.

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