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El origen del bosque hueco / Fragmento 08

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El origen del bosque hueco / Fragmento 07

Faltan cinco días.
¡La recta final!

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. Catarsis .

 

 

Los huesos y los gestos, ahora dormitan.

 

 

 

 

 

El sabor a humo yace bajo la lengua y se filtra lentamente hasta el interior de los ojos.

 

 

 

 

 

El hedor antiséptico se extiende por entre los dedos.

 

 

 

 

Si tenía que existir algún motivo para que ella volviese a verle, desde luego era algo que carecía de importancia.

El simple hecho de que esa idea rondase de nuevo por su cabeza, era más que suficiente para sentir de nuevo. Para saber que aquel error, tenía que volver a repetirse.

Hace dos meses y catorce días, Eliza, se topó con el joven y singular error en la esquina de Figueroa.

La noche no parecía querer tragársela. Tan sólo el aburrimiento la hizo salir a pasear en compañía de la madrugada.

Nada ocurría de forma insólita, no estaba escrito en ninguna parte.

Un mero encuentro de la mano de la causalidad.

Fue entonces, cuando ella quedó prendada.

Al mirarle, el primer sentimiento que experimentó fue, miedo.  Pero pronto, aquel temor

a lo desconocido se volvió, excitación.

Dos meses y catorce días después, Eliza, se encuentra frente a él, mientras esperan el ascensor del vestíbulo en el edificio Worwood.

El exterior no dista lejos de parecer un lugar abandonado.

Desidioso, tétrico, descuidado, la mayor parte de las columnas en los laterales de cada ventana están algo más que agrietadas por el paso del tiempo.

La entrada sin embargo hace alarde de lo que antaño fue uno de los  hoteles más reconocidos.

Un extenso pasillo desde el atrio cuyos suelos y paredes, que varían entre tonalidades negras, rojas y grises, se muestran orgullosas habiendo nacido del más puro mármol de carrara.

Las únicas luces emergen grácilmente de los veinte faroles repartidos a lo largo de todo el pasillo, de tal modo que siempre parece estar anocheciendo.

Y al final de aquella estancia, el ascensor, apunto de recoger a Eliza y al joven,

 

 

 

señor

 

 

 

Worwood.

 

 

 

La solidez y la quietud preceden al joven.

Joven y a pesar de ello su rostro transmite una inquietante madurez física.

No por sus facciones ni sus gestos, sino por la propia incertidumbre  que despide la serenidad y dureza con que mira.

Él es el dueño y único inquilino de todo el edificio.

Vuelve con la mano izquierda su media melena corta hacia atrás.

Es el primero en hablar.

 

-Cuánto tiempo dirías que ha pasado ¿meses?-

-Lo se, lo siento. Tenía que haber llamado antes-

-Y ¿Por qué ahora?-

-Supongo que, porque me he dado cuenta de lo que me agobiaba realmente.

No podía dejar de pensar en que estaba, quedándome atrás.

Que estaba, perdiéndome algo.

Lo hacía cada vez que dejaba la mente en blanco. Llegó a ser enfermizo.-

 

Se abren las puertas del ascensor.

Hunde su dedo en el esférico botón número seis y continúan dentro con la conversación.

 

-Cuando lo único que debía hacer era callarme y…-

 

Él la interrumpe.

 

-Y dejar de pensar en qué harás con tu vida. Y prenderle fuego al futuro.

¿Se te han agotado ya las excusas para venir hasta aquí? –

 

Aquél instante da lugar a un largo y satisfactorio silencio.

Podrían desviar la mirada a cualquier esquina del pequeño habitáculo, o titubear con alguna monotonía mientras ascienden, sin embargo todo se entrecruza atreves

de sus ojos.

No necesitan decir nada, porque no hay más que decir.

Atraviesan de forma brusca la puerta del piso, lo hacen prácticamente a ciegas.

Los ojos ya no miran a ninguna parte, pero sus manos y sus labios no dejan de tentarse con vehemencia.

Sus pies parlotean torpemente con el suelo, y estos les llevan, hasta el dormitorio principal.

La mullida cama les sirve para el propósito, por el momento.

Eliza, mientras se acomoda sobre él, se quita rápidamente la blusa.

Esboza un leve mordisco del labio inferior mientras el señor Worwood aprieta con fuerza sus muslos.

Apoya los brazos sobre su pecho y se asegura de estar en el lugar que corresponde, que nada salvo sus piernas y el movimiento de su cintura dominen al otro cuerpo.

Breves y lentos instantes placenteros cuyos gestos sinuosos la sumergen en el preludio de una respiración agitada.

Mejor morder profundo.

Mejor morder intenso.

 

 

 

 

.Fin fragmento I.

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. El origen del bosque hueco .

 

 

 

– 1933 –

 

 

Unos chicos corren bajo la lluvia más densa y fuerte que hayan sentido en mucho tiempo en una noche como ésta.

Entran en una cabaña donde la luz escasea y la poca que hay tintinea de forma constante.

Corren de un lado para otro buscando algo con lo que envolverlo, cuerdas, algún tipo de cinta adhesiva, alambres metálicos con pinchos para que nadie pueda cogerlo, bolsas y plástico negro que se han encargaron de derretir sobre él.

Quieren asegurarse por todos los medios de que jamás nadie lo encuentre.

– ¿Por qué no lo quemaste y ya está?-

-¿Y crees que no lo he intentado? ¡No se puede! No, no se puede destruir de ninguna manera, así que pásame el alambre, coge la pala y vámonos de una vez-

 

Van en el coche lo más rápido posible e intentan no chocar contra nada hasta las afueras de la ciudad.

Casi se destrozan contra un árbol al parar en las estribaciones de un páramo verdoso.

Van colina a bajo buscando el punto más profundo para cavar.

Y allí se colocan intentando no ahogarse por la lluvia y poder esconderlo.

Necesitan saber que no va a volver a aparecer en sus vidas ni le va a dar de nuevo la luz del sol.

Necesitan enterrar de una vez por todas, ese, maldito, libro.

 

 

– Hoy –

 

 

 

Son claros los recuerdos que albergo de esta vieja ciudad cuando era niño.

Tengo muy presente ciertos pequeños detalles, sobre todo que me entretenía con facilidad.

Pasaba el día brincando entre los árboles, corriendo de un lado a otro sin sentido ni objetivo más que el de engullir la brisa añeja que galopaba entre los troncos.

Ésta pequeña ciudad rodeada de bosques y acantilados consta de apenas 2.907 personas según el último censo.

Cuando estaba en el centro del casi pueblo, con lo que más disfrutaba era cuando mi madre me mandaba a comprar onzas de chocolate y té a la vieja botica del señor Martín.

El interior estaba tallado por completo en madera de roble, desde el techo hasta las estanterías de especias y otros recipientes que nunca supe lo que contenían.

Cuando entraba, él no solía estar presente.

La mayoría de tiendas que había repartidas por la zona estaban a cargo de los colosales ladridos de un perro, o quizá una pequeña campanita situada en el marco de la entrada que tintineaba si la puerta se abría.

Sin embargo el señor Martín tenía otra clase de compañía morando en su tienda.

La primera vez que fui allí me resultó muy desconcertante. Todo estaba en completo silencio y al no ver a nadie sobre el mostrador, me quedé unos segundos de más clavado en la entrada.

Me aparté el pelo de la cara y decidido empecé a husmear por los rincones.

Sobre el mostrador una jaula de piedra formada por unos estrechos barrotes y en su interior, un diminuto grillo negro.  Al principio pensé que era un juguete, porque relucía bastante y no se movía en absoluto.

Seguí merodeando cerca de él y me topé con un mortero que contenía pepitas de chocolate blanco, negro y algo que olía a naranjas.

El aroma se antojaba tan apetitoso que no pude contener las ganas ni frenar mi mano.

Y justo en el momento en que me llevé un par de semillas a la boca, el grillo alardeó apuntando con sus antenas hacia arriba, mostrando su torso estirado y desde lo más profundo de su abdomen, cogió fuerzas, frotó y aleteó y empezó a chirriar con fuerza.

Ni dos segundos más tarde aparecía de la trastienda con total serenidad el señor Martín que siempre respondía con una mueca alegre:

– Cuando quieras algo de mi tienda, sólo tienes que pedírselo, a él –

Era tan niño y tan bobo que me lo quedé mirando ensimismado sin decir palabra alguna.

Mi cabeza tiende a acordarse de pequeños detalles como éstos inofensivos recuerdos.

Más adelante la ciudad seguía siendo la misma y poco más podía descubrirse hasta que uno no tenía una cierta edad.

Normalmente la gente acude a estos sitios para relajarse del ajetreo mundano. Para estar un tiempo de vacaciones y luego regresar al hogar.

Pero echo la vista atrás y nosotros siempre veníamos en épocas completamente dispares.

A veces incluso continuábamos aquí durante todo el resto del año.

Porque tengo recuerdos de éste lugar en todas las estaciones, pero ninguno tan claro como en éste último otoño en el que cumplí los veinticuatro.

Sobre todo estando aquí de vuelta otra vez, aunque la ciudad tenga un color diferente.

Todo era muy distinto hasta hace unas pocas semanas cuando llegué.

Y ahora voy de acompañante en este coche destartalado sin saber muy bien cómo reaccionaré cuando llegue. Porque una parte de mí no se cree nada de esto.

Una parte de mí, sigue sin creer que la haya matado.

 

 

 

 

. Fin fragmento I .

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. Nocturna .

James Zeta 

 

…La fábrica demanda muchas horas de trabajo y le hace imposible tener cualquier tipo de vida, incluso las imaginarias.

Toda la mañana hasta bien entrada la tarde de trabajo, regresa a casa a comer algo y descansar unas pocas horas y el resto, es todo suyo.

Deambula con el patín como única y exclusiva compañía.

Tan sólo puede disfrutar un poco de la nocturnidad, por suerte es algo que ama.

A penas gente en los alrededores, la mayoría de los comercios están cerrados y pocos son los ruidos que puedan perturbarle.

Tan sólo el desgaste de sus ruedas de poliuretano contra el asfalto, el cuidado constante de no caerse por el suelo resbaladizo debido a la nieve. Y aun así se siente relajado por completo, algo más vivo que de costumbre.

Existe un lugar donde se siente plenamente satisfecho por tener más en común con lo que ve allá arriba, que con los que respiran aquí abajo.

Si atraviesas el puente de Gün y llegas hasta la ladera norte de la montaña, en las faldas hay una especie de falsa playa con su propia orilla.

Desde allí, alejado de luces y neblinas puedes ver como las auroras boreales danzan haciendo estremecer el cielo negro.

Jerome las observa, tumbado en aquel lugar donde disfruta de la inmensidad, arropado por el frío de un escenario donde desinhibirse de cualquier pensamiento que le taladre.

Adora disfrutar del silencio de las auroras que le brindan una magnífica oportunidad para dejar atrás toda idea dañina, repetitiva e incoherente que pueda hacerle algún mal.

 

 

 

. Fin fragmento I .

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. ICHOR .

James Z / Junio 09

 

 

-Si aún crees en Dios, solo necesitas un espejo-

 

 

Una pierna enfundada en una bota de cuero con puntas metálicas abre la puerta de madera de una tremenda patada, haciendo saltar astillas y polvo.

A lo lejos, en mitad del enorme y formidable salón de elevadas columnas con grabados esculpidos, artesonado alto de madera tostada, con tan sólo la luz y el fulgor que desprende el fuego de la chimenea, se percibe la figura desnuda, de

 

 

 

Héctor.

 

 

 

Reposa, con los brazos hacia fuera, en una gran bañera de mármol blanco posicionada en mitad de la habitación, a rebosar hasta el borde de un singular líquido negro, cuyo color y textura penetran hasta la partícula más ínfima de su cuerpo.

En el grandioso salón ya no resuena uno de sus discos favoritos,  porque la aguja ha llegado al centro.

Héctor, tan sólo, se regocija.

Ocho hombres uniformados y ataviados con todo tipo de armas y protección se adentran en la morada para encontrar aquello que han venido a buscar.

 

-Lo único que puedo contarte llegados a éste punto, es que he hecho lo que he hecho

porque…creí que podía conseguir, lo inalcanzable.

He conseguido, respirar con total plenitud.

Hasta ahora podía sentir cómo moría con cada suspiro.

Lo notaba en las yemas de los dedos.

Día tras día reparaba en una toxina que me infectaba el cerebro, como un parásito.

Un veneno, que se apoderaba de mis pensamientos y movía los hilos a voluntad.

Y entonces ocurrió. Supe, lo que debía hacer.

No existe una sola persona que no predique el querer cumplir, al menos, una gran ilusión, un hito a lo largo de su triste y penosa vida.

Pero la mayoría acaban por ver esos momentos pasar ante su rostro, llevándose una parte de sí con ellos.

Quizá unos pocos saboreen algo parecido al triunfo, pero el resto se engaña creyendo haberlo encontrado. Y la propia mentira les acaba absorbiendo.

Yo nunca, quise pertenecer a  ellos, a “los olvidados” y tracé un camino, un objetivo.

Quería crear, la pieza perfecta.

Una criatura dotada de vida, que respirase, que hiciese vibrar cada vestigio de las entrañas de todo aquel que fuese capaz de sentirla.

Quería sentarme en la misma mesa que Johann Smitz, Beethoven, Haydn, Mozart, Wagner, Dragonetti.

Estar al lado de aquellos que me dieron la vida, para que vean cómo su hijo ha sido capaz de mantener siempre los pies a un metro por encima del suelo.

Estar, a hombros de gigantes.

Y eso es lo que he conseguido, ésta noche. –

 

Los hombres debidamente uniformados corretean por los pasillos.

 

El teatro rebosa nerviosismo y dicha por parte de los asistentes, quienes han acudido de forma masiva para poder contemplar la culminación del joven compositor.

Esperan sin duda ser partícipes, en cierto modo, de la mejor noche de sus vidas.

 

 

.Fin fragmento I.

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